Dichos célebres segovianos


Que se cuentan todavía por los más viejos del lugar en algunos pueblos de Segovia... 

EL TIO MARIANON

El tío Marianón vivía en Cantalejo. Una tarde se fue al sandiar con la burra y arrancó las sandías más gordas hasta que tuvo las alforjas llenas. Al ir a cargarlas en la burra el animal da una espantada. El tío Marianón lo vuelve a intentar, pero el animal se espanta de nuevo. 

Al tercer intento, la burra comienza a andar de nuevo y el tío Marianón la sigue unos metros detrás soportando el peso de la alforja. Así llegan hasta la entrada del pueblo, Allí un vecino se percata de la situación y pregunta:

-Le sujeto la burra, tío Marianón.

-Déjala -responde él rendido por el peso de las sandías- a ver si se la cae la cara de vergüenza. 



EL TIO VIVAS

El tío Vivas, era un mozo del pueblo, ya de 51 años, soltero, que vivía en una pequeña casa, cerca de la iglesia. Era muy querido por todos los vecinos, por su amabilidad, buen humor y comprensión.

Un día soleado, fue a otro pueblo que no quedaba muy lejos, a comprar un burro. Cuando iba por el camino, se encontró a varias personas: el cura paseando, a los campesinos afanados en el campo... y todos le preguntaban más o menos lo mismo:

-¿A dónde va usted, tío Vivas?

-A la feria a comprar un burro, respondía él.

Así transcurrió la mañana y por la tarde, cuando el tío Vivas venía subido en el burro, se encontró  con algunos de sus queridos vecinos que le preguntaron:

-¿Cuánto le ha costado el burro, tío Vivas?

-¡Cuando estéis todos juntos os lo diré !, contestaba él.

-¡Qué ocurrencias tiene este hombre!, comentaban unos con otros y se echaban a reir.

El día transcurrió, y ya nadie pensaba en el tío Vivas. Cuando amaneció, empezaron de repente, alborotadas, a sonar las campanas.

¿Quién sería a esas horas?

El cura, enfadado, fue a casa del sacristán a ver si había sido él. Pero no. El sacristán estaba en la cama todavía. Como nadie se explicaba quién podría ser, creyeron que se trataba de un llamamiento de Dios. Corrieron asustados, llegando pronto a la iglesia y una vez allí, se sentaron todos. De pronto, una voz ronca y extraña, hizo eco en el silencio y preguntó:

-¿Estáis todos reunidos?

-Sí, señor divino.

-Pues catorce duros me costó el burro. 



EL GALLEGO

Esto era un gallego que, el hombre, no tenía una perra y se hizo con 200 reales. Así que se puso muy contento. Pero, para no llevar tanto dinero consigo decidió meter los 200 reales en el hueco de un nogal de manera que nadie pudiera verlos. Pero estaba tan contento que después de haberlos escondido salió por la calle cantando:

Doscientos reales tengo
en el hueco de un nogal.
Doscientos reales tengo
en el hueco de un nogal.

Otro gallego que le escuchó la canción, fue mirando los nogales que estaban huecos hasta dar con los reales, y se los quitó.

Cuando el otro descubrió que le habían quitado los reales salió de nuevo cantando:

Doscientos reales tengo
en el hueco de un nogal,
doscientos reales tengo
y más que voy a echar.

El que los había robado al escucharle dejó los doscientos primeros reales en su sitio a fin de coger los que llevara después, pues era muy codicioso. Entonces el primero, pudo recuperar sus doscientos; y cuando ya los tuvo salió de nuevo cantando con ellos en la mano:

Tú que lo cogiste
fuiste un bobo,
porque por lo mucho
lo perdiste todo.


EL CURA DE LASTRAS

El cura de Lastras era muy exagerado. Un día que salió a pasear por el campo de la zona de la Venta de Tres Cantos vino diciendo que había visto muchos lobos.

-¿Muchos? -le preguntaron con extrañeza.

-Por lo menos una manada de once lobos.

-Hombre, señor cura, que once lobos son muchos.

-Bueno, pues, al menos tres o cuatro sí que iban.

-Mire señor cura que es raro ver tres o cuatro lobos juntos.

-Buenos, pues al menos un lobo sí que he visto.

-Por la Venta de Tres Cantos...es muy raro.

-Bueno, pues no sé si era lobo o loba o el cantón de Casasola. 



EL CURA Y SU MADRE 

Una madre que tenía un hijo cura a base de mucho sacrificio económico estaba muy señorona el día de la primera misa. Pero el hijo se aturrullaba y no daba pie con bola. Decía: «Porque San Juan le dijo a la Virgen y la Virgen le dijo a San Juan, y San Juan le dijo a la Virgen», y de ahí no salía. En esto saltó uno del fondo: - ¿Qué fue lo que le dijo?. 

Y la madre se volvió respondona: 

- Mira, quien quiera saberlo, que se gaste los dineros y haga un hijo cura como he hecho yo. 



LA VIRGEN Y EL NIÑO 

Hacían obras en la Iglesia y como la imagen del Niño tenía los dedos deteriorados aprovecharon para llevarla a un taller a reparar. Dos mujeres que no sabían lo de la reparación de la imagen, rezaban arrodilladas; una levantó la cabeza y al darse cuenta de que la Virgen estaba sola, preguntó a la otra: 

- Oye, Catalina, ¿y el Niño? Y ésta que creía que le preguntaba por su hijo, contestó: 

- El niño se fue voluntario a Madrid. 




LA GALLINA DEL CURA 

El cura del pueblo era un sibarita para las cosas de comer y tenía una criada muy diligente. Le regalaron una gallina y como el cura exigía que se la pusiera de tal o cual manera y se enfadaba mucho si no era así, la criada se vio ese día con la gallina pero sin saber cómo cocinarla. Entonces fue a la iglesia cuando el cura estaba dando misa y ella le dijo al sacristán: 
 
- Vicente, mira lo que me pasa, que don Antonio no me ha dicho cómo quiere la gallina y luego me va a formar un lío cuando llegue y no le guste.
 
Y dijo el sacristán: 
 
- Eso te lo arreglo yo 
 
-y se volvió hacia donde estaba el cura y le cantó: 
 
Aquí está la criada vostra 
que cómo guisa la gallinostra!
 
El cura cogió onda y respondió en el mismo tono: - Con ajorum, tomatorum, pimentorum, per omnia saecula saeculorum.

Y dijeron los fieles a coro: «¡Amén!». 

 
EL NIÑO MUERTO
Se murió un niño cuyo fin se esperaba desde muy atrás. Y fuera por ello o por lo poco expresiva que era la familia, no se lloró como de costumbre, a gritos. El cura, al sentir el silencio y el poco ambiente tristón, dijo enfadado: 
 
- ¿Dónde está ese berraqueo? ¿Es que el niño era del Hospicio? 


EL MATRIMONIO Y EL VINO 
Este era un matrimonio sin hijos que le tenían mucha afición al vino. Pero como consecuencia de la bebida se daban una zurras muy grandes y tanto se peleaban que un día decidieron ir a ver al juez para solicitar el divorcio.
 
-Pero hombre, con lo que os queríais vosotros ¿cómo os vais a divorciar? -les preguntó el juez.
 
Y el marido dijo:
 
-Es que todas las noches, antes de acostarnos vamos a la taberna a comprar dos botellas de vino que dejamos debajo la cama, una para cada uno, pero el primero que se levanta se bebe las dos botellas y luego vienen las zurras; unas veces yo la pego a ella y otras veces ella me pega a mí.

El juez convino con el matrimonio que antes de divorciarse pasaran una temporada sin mentar el vino para nada, ni nombrarle siquiera para así evitar disputas. El matrimonio aceptó. Pasaban los días y allí no se hablaba nunca de vino hasta que una semana más tarde en que puso la mujer sardinas para la cena que estaban muy saladas y según daban cuenta de las sardinas dijo él:
 
-Oye, qué bueno estaría ésto con aquello.

-Pues coge la botella y vete por ello -contestó la mujer.
 
Y así sin nombrar al vino pudieron beberlo aquella noche. 


EL MARRANO DEL SACRISTAN
 
Esto era un sacristán que vivía en Aldealázaro, un pueblo muy pequeño de la Sierra de Ayllón. Durante las matanzas la gente acostumbraba a llevar a cada uno de los vecinos un poco del cerdo como regalo. Pero el sacristán, el hombre, nunca mataba cerdos, porque como era tan pobre, no le alcanzaba su economía. Así que todos los años probaba los marranos que mataban sus vecinos, pero él no tenía ocasión de dar a probar el suyo.

Un año, a base de mucho sacrificio y juntando todos sus ahorros, el sacristán pudo matar un cerdo pequeño, muy pequeño. Y claro, el día de la matanza se veía en la obligación de corresponder con los vecinos y llevarles un regalo. Pero como el cerdo que había comprado era tan pequeño, pensó que si entregaba un poco a cada uno, él se quedaba sin nada. Con esas dudas, decidió ir a consultar con el cura su problema.

-Nada, nada -le dijo el cura- tú di que te lo han robado y así te evitas tener que repartir y te lo comes tú solo.

Le pareció bien al sacristán el consejo que le dio el cura. Y así lo hizo. Mató el cochino y, durante la noche, aprovechando que estaba el marrano colgado en la portada, entró el cura con mucho sigilo y le robó el marrano al sacristán. A la mañana siguiente, cuando el sacristán se levantó y ve que no está el marrano en la portada, salió a la calle dando gritos, descompuesto, alarmando a los vecinos.
 
-¡Que me han robado el marrano! ¡Que me han robado el marrano!
 
El cura, cuando lo oye sale a la puerta y le dice al sacristán por lo bajo, en tono de complicidad:
 
-Muy bien, muy bien, así se dice. Sigue así, que todos se van a creer que te lo han robado de verdad. 



EL CONVENTO DEL ESTANQUE

Esto era un convento de frailes amantes del buen comer y del buen beber. Se daban grandes banquetes de carne de marrano pues cada ocho o diez días mataban uno. El prior lo consentía todo, pero cuando llegaba la cuaresma se ponía estricto y no permitía que se saltasen las normas religiosas. Y decía a los frailes:
 
-Ha llegado la hora del sacrificio. Ahora verduras y pescados.
Y allí estaban todos a base de verduras y pescados, mirando con mucha ansia a los marranos regordetes que bullían por las pocilgas.
Y ya, mediada la cuaresma, como estaban muy cansados de tanta abstinencia de carne, agarran dos frailes a un cochino por las patas y lo echan al estanque. Al oir los gruñidos el prior, que estaba en su celda, se asomó a la ventana y vio cómo uno de los frailes tiraba la caña al estanque y pescaba el cerdo.
 
El fraile, al ver al prior en la ventana, le preguntó:
 
-Padre prior, padre prior, ¿qué hacemos con este pez?

Y dijo el prior:
 
-Lo que la regla dispone: a la cocina con él.
 
Desde ese año todos los frailes de la orden querían pasar las penitencias de la cuaresma, en el convento del estanque.




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