UN BON WEEK-END

El viernes es un gran día, aunque llueva, aunque truene, aunque haga un frío de mil demonios. A partir de una determinada hora, comienza el fin de semana y te puedes olvidar un par de días del trabajo, salvo que te toque trabajar el sábado o el domingo, claro. Yo me consideraba afortunado por un doble motivo: porque no laboraba los fines de semana y porque mi trabajo, pese a no entusiasmarme, me ofrecía una serie de alicientes que me hacían mucho más grata la jornada laboral. Uno de estos estímulos, el más atractivo sin duda, era ver día a día a la bella Martina.

Llegaba siempre tarde, pero perfecta, sin prisas, tranquila. Vestía elegante, falda recta hasta la rodilla, camisa de color claro y chaqueta a juego con la falda. Un par de zapatos de tacón, no demasiado alto, y unas medias de seda completaban su atuendo. Todo ello en el cuerpo de una mujer menuda, delgada, pero fibrosa, no esquelética, y de formas proporcionadas y muy sugerentes. Y para completar este conjunto idílico, un rostro seductor que te enamoraba gracias a la mirada profunda que te dedicaban sus hermosos ojos verdes y a los carnosos labios que dibujaban una perenne y enigmática sonrisa.

- ¿Qué vas a hacer este fin de semana?- me preguntó aquel viernes del mes de noviembre.

- Voy a ir a mi pueblo- repuse yo-. Ya sabes, aire limpio, silencio, paz, descanso, naturaleza y todas esas cosas. Y tú, ¿qué vas a hacer?

- No sé, ya lo pensaré. Supongo que quedarme aquí, en casa, tranquilamente. Además, parece que va a hacer frío y, como en casa, en ningún sitio.

- Oye, ¿y por qué no te vienes al pueblo conmigo? La casa tiene calefacción y podemos pasear e ir a tomar el aperitivo a algún pueblo chulo de la zona.

- No, mejor no. En otra ocasión, quizá.

La experiencia me ha ayudado a descodificar los mensajes en clave, así que supe traducir ese “en otra ocasión, quizá” como “never, never, never”. De cualquier manera, no me desanimé pues, ya en el momento de proponerle el plan, imaginé que la respuesta podría ser ésa u otra parecida como: “¡No puedo, qué lástima! Tengo el cumpleaños de mi madre y no puedo faltar!”, “¡Oh, qué pena! Mi hermana celebra su aniversario de boda y me ha pedido que me quede con los niños” o el clásico: “Me encantaría, pero no me encuentro muy bien (un “muy católica” encaja aquí también perfectamente) y necesito descansar en casa”.

Pensando en todas las excusas posibles que me podría haber dado la dulce Martina en lugar del escueto “No, mejor no. En otra ocasión, quizá”, llegué a mi acogedor lar, cogí la mochila que había preparado el día anterior y bajé con ella hasta el garaje. Dejé la maleta en el maletero y asenté mis posaderas sobre el asiento del piloto y, junto con el ansia que tenía por ir al pueblo, arranqué el coche e inicié el viaje.

Sin embargo, y a causa probablemente de mi ansia, que dirigía mis movimientos, ese fin de semana cometí, como aquéllos que ajusticiaron injustamente a Clint Eastwood en el clasicazo “Cometieron dos errores”, dos ídem: salir en hora punta y hacerlo con el depósito de gasolina en la reserva. Pronto fui consciente de ambas equivocaciones. En la primera gasolinera que localicé y con el coche agonizando, pues ya llevaba bastante tiempo en reserva, revitalicé a mi sediento bólido. Retorné a la vía saturada de vehículos como el mío. Avanzaba, paraba, miraba a derecha y a izquierda, rostros agotados, avanzaba, paraba, encendía la radio. “¡Oh, diablos!”, otro error, no había cogido la radio.

Así que ahí estábamos, mi coche, cientos de compañeros de la misma especie que yo y con el mismo propósito que yo en la misma vía atascada que yo, mi ansia, fiel compañera de viaje, un incipiente cabreo que, según avanzaban los kilómetros, amenazaba con tornarse en furia, y yo. Pero no todo dura eternamente en esta vida y, finalmente, pasadas dos horas de atasco inhumano y cuando apenas había recorrido un cuarto de mi camino, el tráfico se hizo más fluido y pude conducir a un velocidad normal para aquella vía, es decir, a unos 120 kilómetros por hora.

Yo conduzco tranquilo, sin prisas y normalmente por el carril de la derecha, pero, de vez en cuando, un camión o un vehículo hiperlento, me obliga a adelantar. Con cautela inicio el adelantamiento, pongo el intermitente, ¡ese gran desconocido!, aguardo a que un ansioso conductor me rebase a una velocidad que supera ampliamente los 150 kilómetros por hora, ubico mi bólido en el carril de la izquierda e inicio el adelantamiento, rebaso al camión que me frena y diviso a pocos metros otro vehículo de gran tonelaje. Como no hay ningún otro coche ansioso cerca de mi coche apremiándome a retomar el carril de los lentos, decido seguir por el carril de la izquierda hasta adelantar al otro camión. Detrás de éste, sufre otro vehículo. No pone el intermitente e interpreto que iniciará su adelantamiento cuando yo concluya el mío. ¡Error! Y ya he perdido la cuenta de ellos. Se me cruza sin advertírmelo y, tras jurar en arameo, mi ansia, mi fiel compañera de viaje, me calma y comienzo a reflexionar acerca de los intermitentes y del uso escaso o nulo que de ellos se hace. ¡Los intermitentes, esos grandes desconocidos! ¿Por qué no se celebra un día mundial de los intermitentes? Hay días mundiales de cualquier cosa: de los perros, de los gatos, de las peras de agua, de los mimos, de los emos, de los emo-mimos, etc., pero no los hay de los intermitentes.

Llego al pueblo después de tres horas y pico de insatisfacciones, adelantamientos más o menos satisfactorios, paradas y arranques, arranques y paradas y frustraciones varias, pero al menos ya estoy aquí. Hace un frío de muerte y la calle está oscura. Frente a la casa, veo un bulto, me acerco a él y distingo a un viejo labrador del pueblo que está fumando un cigarrillo. Viejo labrador y yo hablamos. Bueno, yo hablo y él escucha y monosilabea.

- Va a llover-suelta de repente.

- ¿Cómo lo sabes?-preguntó yo.

- Lo sé- responde seguro, al tiempo que las primeras gotas golpean mi rostro. Viejo labrador es más fiable que cualquier meteorólogo del mundo.

Me despido de viejo labrador y voy a la casa. Meto la llave por la cerradura. Intento abrirla. Sin éxito. Acompaño mis intentos con movimientos de manos, cintura, hombros y demás miembros de mi cuerpo para buscar el gesto preciso que pueda finalmente ayudarme a abrir la vieja puerta de madera. Creo que voy a llorar. No, me contengo. Lo intento otra vez. Otra vez fracaso. De repente, siento una presencia a mi espalda. Me vuelvo asustado. Iluminado por un relámpago, veo a viejo labrador. Grito asustado. Él me aparta de la puerta. Coge la llave con la mano y consigue, mediante un movimiento coordinado de pelvis, hombros y rodillas imposible de imitar, abrir la resistente puerta de la casa. Viejo labrador se da la vuelta y se despide con un lacónico “de nada”.

Yo, aún con el corazón a mil, entro en la lúgubre y gélida casa. Enciendo las luces, agua. Enciendo la calefacción, agua. Enciendo el agua, ni gota. Nada funciona. Regresan las ganas de llorar. Barajo diversas soluciones para mis problemas. Decido llorar primero y, después, solucionarlos. Tiritando a causa del frío polar que hace en la vivienda, consigo, con los dedos ateridos por éste, llamar por el móvil a mi padre.

Problema número 1: las luces. Respuesta de mi padre: “Tu abuelo es muy raro y, cuando se va de la casa, desenrosca todas las bombillas y las guarda en uno de los cajones del armario del comedor. Lo hace ayudado de una linterna de la que no se separa jamás”. Yo, sin linterna, pero ayudado por la tenue luz que emana de mi móvil, localizo las bombillas y las voy colocando cada una en su lugar. Problema de la luz resuelto.

Problema número 2: la calefacción. Respuesta de mi padre: “Se acabó el gasoil y aún no hemos encargado más. Tengo el número de teléfono del señor que lo trae, pero él no trabaja los fines de semana, así que tendrás que conformarte con el viejo radiador del baño. Es un infrarrojos, por lo que habrás de tener cuidado con él”. El infrarrojos y yo, pese a su peligrosidad, nos hicimos amigos, algo más que amigos. Si la dulce Martina me rechaza, quizá me case con él. Problema de la calefacción, resuelto. De aquella manera, mas resuelto.

Problema número 3: el agua. “¿Has abierto la llave del agua?”. Se me había olvidado. Soy un melón. Mi padre me lo recordó. Me recordó que debía abrir la llave del agua y que soy un melón. Sus palabras aún me emocionan: “¡Pues ábrela, melón!”. Problema del agua: resuelto.

Conseguí dormirme a duras penas, sumergido en un océano de mantas viejas. Me desperté al día siguiente con algo de frío. ¿Me atrevería a salir de la cama? Tenía que hacerlo para encender nuevamente el radiador. A la velocidad de la luz, emergí de las profundidades de la cama hasta arribar al infrarrojos, lo encendí y retorné a mi ínsula de calor. Pasada una hora, osé salir de la cama y vestirme. Acompañado por mi fiel compañero, recorrí las diferentes estancias de la casa que requerían mi presencia: cocina (desayuno), baño (aseo personal) y habitación (ponerme más ropa antes de salir a la calle).

Salgo a la calle, llueve a cántaros. Me asomo por el portalillo y veo a viejo labrador fumando bajo el balcón de la casa.

-Te dije que iba a llover.

- Lo sé- el laconismo imperante en el pueblo me ha calado

- Seguirá lloviendo todo el fin de semana.

- Eso parece.

- Y la semana que viene.

- Ya.

- Bueno, me vuelvo a casa.

- Hasta luego.

Pero no hubo luego. Ya no volví a ver a viejo labrador. Como él predijo, no paró de llover y lo hizo de una manera tan violenta que no permitía salir de casa, así que me quedé todo el fin de semana encerrado, abrazado al infrarrojos y leyendo periódicos y libros viejos, pues, ¡otro error!, me había olvidado en casa los libros que en aquel momento me entretenían. Leí la crónica de la victoria del Madrid sobre el Valladolid en la que, en un córner, Míchel le tocó al famoso futbolista colombiano Valderrama sus partes pudendas, estudié por encima el libro de historia que tenía mi madre de pequeña y en el que se explicaba que España era Una, Grande y Libre y comprobé cómo había cambiado Isabel Preysler a través de diferentes revistas del corazón de distintas épocas.

La jornada acabó igual que la anterior, sumergido en el océano de mantas, y, a la mañana siguiente, como la situación meteorológica no había variado un ápice, decidí adelantar mi retorno a la capital. Para mi desgracia, los mismos compañeros que tuve en el viaje de ida me acompañaron a la vuelta y viví un déjà vu o un déjà embouteillagé. Exhausto entré en casa, encendí la calefacción, me duché, me puse el pijama y la bata, comí y me pasé lo que quedaba de domingo tirado en el sofá y viendo la tele. ¡Perfecto!

Lunes por la mañana, en la oficina, media mañana. Llega por fin la dulce Martina. Tan perfecta y hermosa como siempre y con una sonrisa de felicidad en el rostro.

- ¿Qué tal el fin de semana?- pregunto.

- Maravilloso.

- ¿Y eso?

- Como te dije, pensaba quedarme en casa tranquilamente. Para no aburrirme, me alquilé un par de películas de cine pero, como no me apetecía verlas sola, me acordé de ti y te llamé a casa para quedar y verlas juntos. Cuando te estaba llamando, recordé que te ibas a ir al pueblo, así que al final llamé a Ricardo, el chico rubito de Nóminas, y quedé con él el sábado y se ha quedado en casa hasta esta mañana. ¡Es un amor! Sabes, creo que me he enamorado.

- Me alegro- mentí.

- Gracias. ¿Y tú qué tal en tu pueblo? ¿Llovió mucho?

- Sí, llovió, pero me lo pasé genial. Ç’a été un bon week-end.




4 comentarios:

  1. Un disfrute leer tus relatos.

    Me parece muy interesante la visión del urbanita que utiliza el pueblo como lugar de vacaciones y de fin de semana. Esa población urbana que se refugia en el pueblo como lugar para relajarse, realmente la mayor parte de la población flotante de los pueblos en los últimos 30 o 40 años. Un punto de encuentro y frontera entre lo urbano y lo rural, unido por la carretera. De aquí, sale una novela costumbrista, David :-)

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  2. Me has hecho pasar un buen rato, y además das en el clavo. Muy bueno David.
    Conchi

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