Los mitos


Hay seres que, gracias a sus obras admirables, a su original pensamiento o a su personalidad extraordinaria, entre otras cosas, acaban convirtiéndose, en el imaginario popular, en personajes legendarios. Su relevancia social, política o cultural es mundialmente reconocida y son recordados mucho tiempo después de su muerte en distintos y distantes lugares, por diferentes culturas y con valoraciones diversas y, en ocasiones, completamente contrarias.

Existen, sin embargo, otros individuos que, a pesar de ser desconocidos para la mayoría de sus congéneres a causa de su escasa o nula relevancia social, política o cultural, también se convierten en mitos en determinados contextos, más o menos reducidos, por los habitantes que comparten, en mayor o menor medida, sus vidas junto a ellos.



Recuerdo, por ejemplo, a un hombre, boina perenne en la cabeza, grueso jersey en todas las épocas del año, pantalones de pana marrones y mirada serena, que pasaba largas horas de la tarde sentado tranquilo en un banco de la calle junto a una casa largos años deshabitada.

Ese hombre pacífico se sentaba en su familiar banco en primavera, otoño, invierno y verano, permanecía largas horas en la misma postura, castigara la canícula del estío o lo amenazaran los vientos más gélidos del invierno. Su mirada destilaba una paz difícil de hallar en un mundo frenético y agresivo, competitivo y, por momentos, desquiciado.

Al contemplar a este individuo, se sentía un gran sosiego. No hacía falta ni siquiera dialogar con él, pues tampoco se trataba de un gran conversador y no parecía tampoco demasiado interesado en hablar por hablar. Se podría pensar, erróneamente, que ese individuo, como otros muchos como él, siempre estarán allí, en el mismo lugar, sin envejecer ni rejuvenecer, anclados en el tiempo como parte inherente del paisaje.

Sin embargo, la inexorable parca también nos priva en algún momento de esos individuos y los hace desaparecer, al menos físicamente, del lugar que, por justicia y costumbre, han largo tiempo ocupado. La sensación de extrañeza y melancolía al no hallar a ese hombre, o a otros pequeños mitos con los que nos cruzamos en nuestras modestas existencias, resulta difícil de describir, y aún más compleja de asumir.



Con la desaparición de aquel personaje que asociábamos a un lugar, a un mundo, a una realidad concreta, una realidad nuestra, inmanente a nuestra historia, ésta varía significativamente; a veces incluso de manera dramática.

Uno puede sentir que su mundo se tambalea lentamente y no entiende muy bien el porqué de todo ello. Ese pequeño universo no ha cambiado tanto; sólo ha desaparecido un elemento particular del mismo. Sin embargo, podemos percibir con gran intensidad ese inesperado vacío y nos lamentaremos, tal vez, por el hueco que se ha generado donde antes había algo que imaginábamos eterno e inamovible.



El hombre pegado a su boina y clavado en su banco, la reunión de ancianas vestidas de luto que conversan rodeadas de moscas, el hombre que corta en pequeños trozos las cáscaras de sandía y melón, el abuelo que cojea a gran velocidad apoyado en un bastón de su casa al tractor, del tractor al bar y del bar a su casa, conforman un cuadro de mitos, de seres que fueron y ya no son, salvo en la mente de aquellos que recuerdan y cuentan las pequeñas grandes historias de los seres tan ordinarios como nosotros, de aquellos que hablan de un mundo de polvo y barro, de ovejas y vacas, de perros y gallinas, de hombres y animales compartiendo un mismo espacio, un mismo tiempo, aquel espacio-tiempo convertido ya en leyenda en nuestras mentes.

Así, mientras alguien recuerde a los mitos, éstos existirán; y mientras éstos existan, podremos saber con certeza de dónde venimos, qué es lo que fuimos y, probablemente también, qué es lo que somos.



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