Los comuneros: una revolución en Castilla


La revuelta de las comunidades de Castilla a principios del siglo XVI es uno de los episodios históricos que más interpretaciones ha tenido a lo largo del tiempo. La clase media de las ciudades castellanas se levanta en armas contra la corona en un momento de gran inestabilidad provocada por la llegada en 1.517 de Carlos I de Flandes estableciendo su corte. En 1.520 Carlos I vuelve a Alemania, en un viaje pagado por los tributos de Castilla y prende la chispa de la revolución.

Europa en el siglo XVI
El siglo XVI había comenzado con una serie de malas cosechas y epidemias, que junto a la presión fiscal provocó el descontento entre la población, colocándose la situación al borde de la revuelta. La zona que más sufre en este contexto es la zona central, en contrapeso con la periférica, que apaciguaba sus males con los beneficios del comercio. Se unieron las protestas de los comerciantes y parte del clero del interior ante el monopolio ejercido por los mercaderes burgaleses en el comercio de la lana .

Esta situación, caldeó el ambiente en los núcleos gremiales de ciudades como Segovia y Cuenca, que estaban absorbiendo con dificultades una cantidad ingente de inmigrantes provenientes del campo. Todas las partes implicadas se volvieron hacia el Estado para que ejerciera el papel de árbitro, pero también éste se encontraba sumido en una grave crisis por la sucesión del trono, desde la muerte de Isabel la Católica en 1.504, había crecido la preocupación de los castellanos que veían que se iban a convertir en una dependencia imperial, diluyendo lo que consideraban un oasis de libertad fundamentado en los señoríos colectivos de las Comunidades de Villa y Tierra, organizaciones comunales creadas para incentivar la repoblación del desierto del Duero. 

En 1520, el clero de Salamanca hacen una declaración:

"Se debía rechazar cualquier nuevo servicio, convenía el rechazo al Imperio en favor de Castilla y en el caso de que el rey no tuviera en cuenta a sus súbditos, las Comunidades deberían defender los intereses del reino."

De los "conventos" de Salamanca, sale un documento enviado a todas las ciudades de voz y voto en Cortes y que resume las reivindicaciones de Castilla:

- Contra los impuestos (el servicio) que el rey quiere exigir antes de su partida.

- Contra el imperio: Castilla no tiene por qué sufragar los gastos del impero; los recursos de Castilla se deben emplear en la defensa exclusiva de Castilla y no sacrificarse al imperio ni quiere estar sometida al imperio.

- Concluyen con una amenaza velada: si el rey se niega a atender las justas quejas de su pueblo, las Comunidades tendrían que tomar la defensa del reino.

Poco más tarde Toledo se declara en rebeldía contra la corona. Comenzó entonces a denominarse a la insurrección como Comunidad, los frailes arengaban a los toledanos a unirse contra el poder flamenco y comenzaron a ocupar todos los poderes locales. Los disturbios se multiplicaron por las ciudades de la Meseta, siendo Segovia el lugar donde se produjeron los primeros incidentes y los más violentos, donde ajusticiaron a dos funcionarios y al procurador que concedió el servicio en nombre de la ciudad.

Se extiende entonces la idea de sustituir la figura del rey, siguiendo la iniciativa Toledo, que defendía metas mayores, como convertir a las ciudades castellanas en ciudades libres, similar a lo que ya ocurría con Génova y otros territorios italianos. 

La situación pasaba de ser una protesta contra la presión fiscal a tomar el perfil de una auténtica revolución. Los rebeldes buscaron expandir las ideas revolucionarias al resto del reino, pero su radio de acción se debilitaba a medida que se alejaba de las dos Castillas.

La corona se dedicó a amenazar a los segovianos y a tratar de aislar a la ciudad impidiendo su aprovisionamiento. Ante esta situación, la población cerró filas en torno a la Comunidad y a su líder, Juan Bravo. Segovia entonces se echó en brazos de las ciudades castellanas, reclamando que acudieran en su auxilio y atendiendo su petición las ciudades de Toledo y Madrid, con el envío de milicias capitaneadas por Juan de Padilla, que se dirigen a Tordesillas, donde se encuentra Juana la Loca, elegida por el movimiento comunero como verdadera reina de Castilla, donde se libra la primera gran batalla entre comuneros y realistas, que incendian Medina del Campo provocando la destrucción de una parte importante de la villa y el levantamiento de toda Castilla, especialmente de ciudades que hasta ahora se habían mantenido al margen, como Valladolid. El establecimiento de la Comunidad en Valladolid provocó que el núcleo más importante de la meseta se declarara en rebeldía.

Juan Bravo
Tan solo cuatro meses despúes de estallar la revuelta se declara la Junta de Tordesillas, instaurando el gobierno revolucionario y desacreditando al Consejo Real. A este levantamiento le siguieron otros de similar carácter antiseñorial. Los comuneros se vieron entonces obligados a tomar una posición, defendiendo a los sublevados o a sus señores. En vista de que muchos de éstos reclutaban hombres por su cuenta para garantizarse su seguridad y tomar la justicia por su mano, la Junta decide apoyar dichas revueltas. La dinámica del levantamiento entró entonces en una nueva dimensión que podría comprometer la situación del régimen señorial en su conjunto, lo que provocó el alejamiento de la causa comunera de aristócratas y señores, situación que aprovecha rapidamente la corona para acercar posturas con los nobles, a fin de convencerlos de que sus intereses y los del rey eran los mismos, acercarse hacia las ciudades escépticas para tratar de acercarlas al bando realista y reagrupar el ejército del Consejo Real.

Llega entonces la primera derrota política de los comuneros, ya que Juana la Loca se niega a asumir ningún compromiso ni a firmar ningún documento de los sublevados. A su vez, comenzaban a oírse voces discordantes dentro del propio bando, especialmente la de Burgos, que insistía en dar marcha atrás. La postura de Burgos pronto llegó a oídos del Condestable de Castilla, que bajo órdenes del rey procedió a entrar en la ciudad, concediendo todo lo que se le reclamaba para desligar a Burgos de la Junta.

Durante octubre y noviembre de 1520, ambos bandos se dedicaron activamente a recaudar fondos, reclutar soldados y organizar a sus tropas. La corona recibe ayuda del reino de Portugal y de los banqueros castellanos. Los comuneros organizaban sus milicias en las principales urbes con el objetivo de asegurar el éxito de la rebelión en la ciudad y sus alrededores, sufragando los gastos con el dinero recaudado en impuestos y en imposiciones. Incluso, se forman milicias integradas solo por sacerdotes. 

Así pues, a finales de noviembre de 1520, ambos ejércitos tomaban posiciones entre Medina de Rioseco y Tordesillas, haciendo inevitable el enfrentamiento. Utilizando una maniobra de despiste, el ejército real toma Tordesillas lo que supuso una seria derrota para los comuneros, que perdían a la reina Juana, y con ella, sus esperanzas de que ésta atendiera sus pretensiones.

Tras la derrota de Tordesillas, los comuneros comenzaron a reagruparse en Valladolid, donde se estableció la Junta. Se realizan nuevos reclutamientos reconstruyendo el aparato militar rebelde y la reforzando la moral. Los comuneros parecían ya dispuestos a una guerra total, pese a las voces discordantes dentro del propio movimiento, comenzando una gran ofensiva contra los señoríos de Tierra de Campos, dejando las posesiones de los señores totalmente devastadas. Toman Torrelobatón, saqueando brutalmente la ciudad, pero no consiguen recuperar Burgos para la causa. Pese al entusiasmo presente entre los rebeldes, estos decidieron mantenerse en sus posiciones de los Montes Torozos, sin lanzar ningún ataque, lo que provocó que muchos de los soldados comuneros volvieran a sus casas, cansados de esperar los sueldos y nuevas órdenes.

Ejército comunero en la batalla de Villalar
El bando realista se hace fuerte en Tordesillas, donde prepara un potente ejército. Mientras tanto, los comuneros, reforzaron sus efectivos de Torrelobatón, pero su ejército no se encontraba del todo cohesionado, por lo que Padilla manejaba la posibilidad de desplazarse hasta Toro en busca de refuerzos. Nada más partir hacia Toro, las tropas de la corona a los mandos del Almirante y el Condestable de Castilla salieron tras la pista de Padilla, alcanzándolo finalmente en la localidad de Villalar, obligando a prestar batalla. La caballería realista, aplastó al ejército rebelde formado por 6.000 soldados, que no tuvo tiempo de desplegarse.

La batalla se saldó con prácticamente mil bajas por parte de los comuneros y el apresamiento de sus líderes principales: Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado. Estos fueron decapitados en la mañana del 24 de abril en un cadalso situado en la Plaza Mayor de Villalar, estando presente la mayor parte de la nobleza afín al rey, que asestaba así un golpe prácticamente definitivo a la rebelión.

Ejecución de los comuneros
Mientras tanto, el resto del ejército comunero que consiguió escapar, trató de continuar hasta Toro, pero terminó por fragmentarse, fruto de la persecución que estaba ejerciendo el Condestable de Castilla sobre él

Tras la batalla de Villalar, las ciudades de Castilla no tardaron en sucumbir al potencial de las tropas del rey, volviendo todas las ciudades del norte a prestar lealtad al rey a primeros de mayo. Únicamente Madrid y Toledo, especialmente esta última, mantuvieron vivas sus comunidades durante un tiempo mayor, beneficiadas por la invasión francesa de Navarra, que desvío los esfuerzos bélicos de la corona.

En el verano de 1.521 vuelve Carlos I de su viaje a Alemania, instalando la corte en Palencia, avanzando a un ritmo mayor la represión contra los comuneros. Se estima que fueron un total de cien los comuneros ejecutados desde la llegada del rey.

Las consecuencias fundamentales de la Guerra de las Comunidades fueron la pérdida de la élite política que apostaba por una organización al estilo de las ciudades venecianas, claudicando ante el objetivo centralizador de la monarquía. La nobleza queda definitivamente neutralizada frente a la triunfante monarquía autoritaria; su segmento alto o aristocracia, se vio compensada por su apoyo al emperador, con cuyos intereses quedaba identificada estrechamente, pero quedando clara la subordinación de súbditos a monarca y de las ciudades castellanas. Se produjo, además, una fuerte pérdida económica, ya que las cuantiosas indemnizaciones fueron pagadas en forma de un impuesto especial por toda la población de las ciudades comuneras, mermando de forma muy considerable la economía local durante los siguientes 20 años. De igual modo, la industria textil del centro de Castilla perdió todas sus oportunidades de convertirse en una industria dinámica, favoreciendo a Inglaterra y Flandes, que siglos más tarde germinaría en la industria textil la revolución industrial.

Se ha considerado la Guerra de las Comunidades como una revuelta antiseñorial y como una de las primeras revoluciones burguesas de la Era Moderna, aunque otras posturas defienden que se trató más bien de un movimiento antifiscal y particularista, de índole medievalizante o retrógrada, conectada con los movimientos nacionalistas castellanos, en los que se basaría el Castellanismo del siglo XIX.

El discurso oficial de los vencedores (la corona) consiguió que se asimilara durante mucho tiempo los comuneros a un sentido de rebeldía. A partir del siglo XIX, comenzó a rehabilitarse la figura de los Comuneros, restituyéndoles como precursores de la libertad y mártires del absolutismo. El primer gran acto conmemorativo llegó en 1821, con motivo del III Centenario de la batalla de Villalar. A dicha localidad de Villalar acudió Juan Martín Díez, El Empecinado, con una expedición para exhumar los restos de los capitanes ajusticiados en 1521. Se iniciaron entonces los homenajes a los comuneros por parte del gobierno liberal en el poder.

Plaza de Sepúlveda. 2009
De lo que si no hay duda es del fuerte impacto histórico en la sociedad y economía de las comunidades de Castilla, que veían desvanecerse el sueño de libertad y progreso sobre el que se habían construido la repoblación tras la reconquista a los árabes. Sepúlveda nunca volvió a ser lo que fue tras la derrota de los comuneros. Su firme apoyo a la revolución le costó muy cara, perdiendo prácticamente los privilegios de sus Fueros y sufriendo una durísima recesión económica. En el campo habían aprovechado las circunstancias para tratar de sacudir en varios puntos el yugo señorial, pero la revolución nació, se desarrolló y murió en las ciudades, unas ciudades que habían conocido desde finales del siglo XV un crecimiento demográfico y una vida económica e intelectual destacadas.

De aquellas ciudades castellanas fue de donde sacaron los comuneros sus milicias, sus recursos financieros, sus partidarios más entusiastas; allí se forjaron formas nuevas de vida política: asambleas populares (las cuadrillas de Valladolid, las parroquias de Toledo, las colaciones de Segovia, las vecindades de Burgos...) que se reunían en las iglesias y discutían los problemas candentes; los conventos y universidades (en Salamanca, Valladolid, Alcalá de Henares) dieron al movimiento sus intelectuales (letrados, abogados, escribanos, teólogos, profesores) y sus propagandistas (los frailes dominicos y franciscanos) que explicaban a los vecinos, desde el púlpito, que “el reino no es del rey, sino de la comunidad”.

Sentencia de muerte de los comuneros



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