20 de octubre de 2021

La gentrificación de las aldeas o la expulsión del paraíso, por Jose Antonio Herce

 


[...] Tardaremos en entenderlo, pero el mini éxodo urbano que ha provocado la pandemia y que ha llevado a muchos miles de residentes urbanos a buscar refugios temporales, de larga duración, recurrentes o, incluso, permanentes en los pequeños pueblos, está expulsando a los residentes de estos… ¡hacia el extrarradio de las capitales provinciales!

Habrá que documentar bien la evidencia anecdótica de la que disponemos, pero esta existe e indica que se están reabriendo escuelas rurales que llevaban décadas cerradas, sus pupitres arrumbados en rincones deslucidos de edificios abandonados, los libros, los mapamundis… apilados entre aquellos y todo cubierto de polvo. Los alquileres de viviendas en estado lamentable están subiendo, ante su escasez y la puja imbatible a la que se ven sujetos por parte de los nuevos residentes, clases profesionales urbanas o jubilados con capacidad para ganar la batalla del arrendamiento a los residentes. Encontrar maestros constructores o albañiles es un proceso imposible.

Los residentes establecidos no son personas mayores y desvalidas, que también las hay en los pequeños pueblos, en mayor proporción que en las ciudades. Estas personas poseen las viviendas que ocupan y viven, razonablemente atendidas, de sus rentas, pensiones o patrimonios. No están siendo expulsadas como en los centros de las ciudades que registran procesos intensos de gentrificación.

Los residentes a los que nos referimos son jóvenes trabajadores y pobladores de primera hora, temporeros agrícolas que se han establecido o pioneros de la repoblación, que no pueden ahora pagar los alquileres de las viviendas que ocupaban. O que, deseando establecerse en un pueblo, allí donde resurge la actividad, se encuentran con escasez de vivienda habitable y, por consiguiente, elevados alquileres. A todos estos les resulta más económico, siempre que dispongan de movilidad, trasladarse al extrarradio de una capital de provincia.

Porque, y esa es otra, los estudios de campo, valga la ironía, que se empiezan a realizar en la España Vacía (Sergio del Molino) revelan que la escasez de vivienda habitable en los ámbitos rurales es tan sideral como la abundancia de ruinas inhabitables. A cualquier cosa, en las aldeas, se le llama vivienda. Posiblemente, de todas las palancas existentes para fomentar una repoblación digna y solvente de la España despoblada, la vivienda sea, ahora mismo, la más decisiva. Pero es una palanca quebrada.

Va a resultar que lo que está vacía, pero vacía de verdad, es la capacidad de planificación del desarrollo rural, la voluntad política de hacer cumplir las normas urbanísticas o la de generar normas de civismo inmobiliario. O la de ordenar el Catastro, el Registro y hasta las últimas voluntades de los legatarios de bienes raíces.

O, ya puestos, España Vacía de sentido… común.

¿Cómo te quedas, Incomparable? Como de costumbre, nos ha pillado el toro. Teníamos el belén sin montar y se ha producido el alumbramiento. Sabíamos del desmadre inmobiliario que aquejaba a los miles de municipios y pedanías que existen en nuestro país. Las ruinas no hacen daño, y ahí se quedan. No se sabe quiénes son sus propietarios, ni ellos mismos saben que lo son. Las Diputaciones provinciales, las únicas administraciones cercanas que tienen recursos para afrontar estos problemas, despliegan medidas nominales e insuficientes para resolverlos. Ordenar la propiedad, los Registros y El Catastro y exigir a los propietarios que restauren, consoliden, limpien y mantengan sus propiedades es algo que se hace rutinariamente en los países más avanzados, so pena de multas o expropiaciones. Pero no se hace en España.

La gentrificación de las aldeas es lo último que un urbanista o un sociólogo esperaría encontrarse en su vida profesional. Pero es lo primero con lo que se encuentran cada día los alcaldes y secretarios de ayuntamiento en la mitad de España. O los pocos empresarios que se arriesgan a contratar trabajadores, o los jóvenes profesionales con hijos pequeños que desean establecerse en un pueblo.

La gentry urbana que se instala en las aldeas ha de ser bienvenida. Nada más lejos de nuestra intención que minusvalorar este importante impulso a la tan necesaria repoblación. Bastaría con que el tres por ciento de las ciudades de más de mil habitantes se trasladase a las de menos de mil habitantes para que la población de estas últimas se duplicase. El verdadero problema es que no sabríamos dónde meter a tanta gente.

Este no es un problema latente. Está estallando en la piel del territorio despoblado con fuerza en miles de focos, eso sí, de escasa entidad territorial y aislados. Pero sus ecos no acaban de llegar a un receptor común que ordene los recursos, estimule la emergencia de la formación y capacitación necesarias, ponga en orden de batalla a los funcionarios de los registros y desperece a los alcaldes y secretarios municipales para que recuerden a los propietarios que las ruinas no son elementos del paisaje y que hay una normativa que cumplir actuando en consecuencia con los recursos que la ley otorga a las autoridades competentes. La gentrificación de las ciudades, por mucho que se señalen sus problemas, que los tiene, ha revitalizado los centros decadentes y, a la postre, excluyentes, de muchas ciudades del mundo, generando enormes focos de atracción y actividad económica. La escasez de vivienda asequible y habitable en medio de la abundancia de ruinas inmobiliarias que jalonan la España despoblada es algo que tiene solución. El mercado ya está interviniendo, a su manera, y sería muy deseable que la ordenación acelerase la emergencia de una oferta inmobiliaria con todas las características deseables: calidad, accesibilidad para los inquilinos y valor justo para los propietarios. Si esta palanca quebrada de la repoblación se restaurase veríamos muchos otros fenómenos virtuosos acompañando a la gentrificación.

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