Descripción detallada de la cosecha en los pueblos de Castilla


Trillo de Cantalejo
(Extracto de un estudio de Eutiquio Cabrerizo de Fuenteargemil, en la provincia de Soria)

La siega

A la hora de segar, se tenía la hoz en la mano derecha y la zoqueta en la izquierda. La zoqueta protege la mano, es de madera bien pulimentada, hueca por dentro, tiene forma de barco, con un agujero ancho en la parte superior y otro pequeño redondo en la parte baja, por donde salen las pajitas. Se meten en ella tres dedos; el índice se protegía con una especie de dedal. Cada vez que el segador tenía su mano llena de mies, la ataba rodeándola con tres o cuatro pajas de las segadas y las dejaba en el suelo. Esto se llama mano (1º). Cuando había seis o siete manos juntas, se formaba una gavilla (2º). Una vez acabada de segar una tierra, se ataban varias gavillas con el vencejo, de paja de centeno, llamada bálago, y así se formaba un haz (3º). Cuando se tenía toda la tierra atada, los haces, se amontonaban en un hazcal (4º). Desde los hazcales se cargaban las caballerías para acarrearlo a la era, donde se hacían tantos montones en sus orillas como tipos de mies se había cultivado, hacinas (5º). El último día de siega era siempre motivo de regocijo y alegría; se celebraba la mansiega, que consistía en bailar y cantar alrededor de un corro de mies que se dejaba sin segar, demostrando a la naturaleza que se la había vencido, un año más. Después, venía la trilla. Un poco más del bálago: como decimos, era paja de centeno, larga y resistente, a la que se le había quitado previamente el grano, golpeándola contra el suelo. Se hacía grandes haces llamados mañas, que se guardaban hasta el verano siguiente. Como estaba muy seca, momentos antes de ser utilizada se remojaba en agua.
El acarreo estaba encomendado a los chicos más jóvenes, acarreadores, que invadían los caminos con las caballerías en el mes de julio. Los machos y los burros estaban aparejados todo el tiempo de siega, listos para llevar a la era la cantidad ya segada. Los carros apenas se utilizaban, por no permitirlo una orografía accidenteda y unos caminos deficientes. De seis a nueve haces sobre las amucas, del animal bien atados con las sogas. Todo listo para que no se diera la vuelta la carga: buena albarda, que protegía a la caballería; cubierta, tela resistente protectora de la albarda; cincha resitente; suave tarre (ataharre) bajo el rabo y completa cabezada para tirar bien del ramal, igual que en otros momentos se les ponía los bridones y anteojeras. Para otros menesteres, se ponían otros aparejos, como la jalma, los lomillos, el serón. Como también las aguaderas. O las parigüelas, dos tablas sobre la albarda del animal, perpendiculares a ella, sobre las que se transportaban piedras, para no se estropear los serones.
Eso sí, la alforja siempre bien llena, en la tierra o en la trilla. El botillo de vino, la botija de agua fresca y el agradable tomapán, comida de media mañana, no faltaban nunca.

En la era

Las eras son superficies planas, cercanas al pueblo. Están situadas a ambos extremos: las de los Palomares y las de la Iglesia. Han sido ganadas a la pendiente, mediante la formación de bancales sujetos con paredes. Las hay de pradera, las hay empedradas, según la característica del terreno.
Se montaban en cada una de sus orillas tantas hacinas como clases de mieses se había sembrado, tan grandes como la cosecha de cada uno lo permitía. Después de acabar la siega, cada día se trillaba, si el tiempo lo permitía. Lo primero que se hacía era tirar la parva, para lo cual se bajaban unos cuantos haces de la hacina correspondiente, se desataban y se extendían en el suelo. Después, los animales yuncidos daban vueltas y vueltas tirando del trillo, enganchado con el camizo al yugo, hasta que la paja estaba bien triturada. Los trillos de Las Cuevas los traían de Cantalejo. Estaban formados por varias tablas, en cuya parte inferior se hacía múltiples agujeros en los que se metía las piedras de pedernal. Los usados últimamente, además de las piedras llevan unas largas sierras y pequeñas ruedas en los laterales. La parte de delante es curva, para no arrastar la parva, mientras que en su parte final llevan unos ganchos en los que se agarran las revolvederas, con una pequeña rueda en la parte que toca el suelo y que dan vuelta a la mies trillada. Por la tarde, una vez bien trillada, la parva se recogía en un motón en medio de la era, pingar la parva. Cada día aumentaba de tamaño, ya que sólo se abeldaba al acabar. Horcas y palas, de una sola pieza de madera; aquéllas con dos, tres o cuatro dedos; éstas, planas y macizas, eran los instrumentos imprescindibles. Como lo eran también el bieldo y la bielda para separar el grano de la paja, muchos años atrás, aprovechando los días de aire y echándolo a voleo; más modernamente, para echarlo en la torva, tolva, de la máquina de abeldar o abeldadora. La bielda es más grande que el bieldo. Luego las cribas, que dejaban definitivamente bien limpio el grano. Todo se aprovechaba, hasta las partes más duras de la paja, las granzas. Una vez separado grano y paja, cada uno se almacenaba en su lugar correspondiente. El grano, en la cámara, parte superior de la casa. Se metía en grandes costales o sacos que se vaciaban en el suelo o en la enormes nasas de paja y corteza de zarzamora, hechas por los propios labradores. La paja, en el pajar. Los grandes valeros o tomos de paja se metían directamente al pajar por la portillera (puerta que se abre y se cierra con piedra en verano en para meter la paja después de trillar y abeldar), cuando había pajar contiguo a la era. Si estaba retirado, la paja se llevaba entre dos personas en la anguera, instrumento a base de ramas delgadas de mimbre, cortadas y domadas verdes. Tenía forma de medio cilindro. También se transportaba con un animal, sobre el que se ponía la rede, un gran artefacto de cordel, que forma enormes bolsillos, uno a cada lado de la caballería. La era debía quedar limpia como una patena; para ello nada mejor que las escobas lonjeras.


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