10 de julio de 2021

La fuerza de la tierra

 


En el huerto, los alimentos surgen de la asociación. Si no me encargo de quitar piedras y limpiar hierbas, no estoy cumpliendo mi parte del acuerdo. Son tareas que puedo realizar gracias a mi pulgar oponible de homínido y a mi capacidad para utilizar herramientas y esparcir abono. Pero no puedo crear un tomate de la nada ni hacer que un bordado de judías crezca en una espaldera, igual que no puedo convertir el plomo en oro. Esa es la responsabilidad y el don de las plantas: animar lo inanimado. Algo que como don, no está nada mal.

La gente me pregunta a menudo qué recomendaría para restaurar la relación perdida entre la gente y la tierra. Mi respuesta es casi siempre la misma: "Planta un huerto". Es bueno para la salud de la tierra y de la gente. Un huerto es un vivero para recuperar vínculos, suelo en el que cultivar el respeto y la reverencia. Y su poder rebasa los límites de la tierra labrada: si estableces una relación con una parcela de tierra, esa relación se convierte en semilla.

En un huerto siempre está sucediendo algo esencial. Una persona incapaz de decir "te quiero" en voz alta puede decirlo con semillas. Y la tierra le corresponderá, si no con palabras, con un racimo de judías escarlata.

Fragmento de Una treza de hierba sagrada, de Robin Wall Kimmerer

 

 

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