Dia de Mantenimiento


El fin de semana del  19 de Mayo se convocó a los miembros de la Asociación que pudieran para cortar la hierba del pueblo, hacendera obligada por  estas fechas porque si no se hace, el pueblo en verano queda impracticable, lleno de cardos y con peligro de incendio. 

La gente respondió bien y  acudieron unas 15 personas, suficientes para realizar el trabajo con un esfuerzo razonable. 


La hierba estaba muy alta y además mojada porque llovió y granizó de vez en cuando esos dos días. Pese a las dificultades, en dos mañanas aproximadamente se hizo todo. Se cortó la hierba de las calles de casi todo el pueblo, de la fuente y del cementerio. 


Ultimamente se ha comprado una máquina cortacésped potente y una desbrozadora con lo que el trabajo es más cómodo y rápido. Además  hay que cortar también con hoces y transportar la hierba al vertedero con carretillas. A principios de Junio habrá que volver a cortar pero será mucho más sencillo porque la hierba ha quedado controlada.


La Asociación agradece vuestra participación y os invita a seguir apoyando al pueblo.


Dichos célebres


Que se cuentan todavía por  los más viejos del lugar en algunos pueblos de Segovia...


EL TIO MARIANON

 El tío Marianón vivía en Cantalejo. Una tarde se fue al sandiar con la burra y arrancó las sandías más gordas hasta que tuvo las alforjas llenas. Al ir a cargarlas en la burra el animal da una espantada. El tío Marianón lo vuelve a intentar, pero el animal se espanta de nuevo. 


Al tercer intento, la burra comienza a andar de nuevo y el tío Marianón la sigue unos metros detrás soportando el peso de la alforja. Así llegan hasta la entrada del pueblo, Allí un vecino se percata de la situación y pregunta:

-Le sujeto la burra, tío Marianón.

-Déjala -responde él rendido por el peso de las sandías- a ver si se la cae la cara de vergüenza.



EL TIO VIVAS

El tío Vivas, era un mozo del pueblo, ya de 51 años, soltero, que vivía en una pequeña casa, cerca de la iglesia. Era muy querido por todos los vecinos, por su amabilidad, buen humor y comprensión.

Un día soleado, fue a otro pueblo que no quedaba muy lejos, a comprar un burro. Cuando iba por el camino, se encontró a varias personas: el cura paseando, a los campesinos afanados en el campo... y todos le preguntaban más o menos lo mismo:

-¿A dónde va usted, tío Vivas?

-A la feria a comprar un burro, respondía él.

Así transcurrió la mañana y por la tarde, cuando el tío Vivas venía subido en el burro, se encontró también con algunos de sus queridos vecinos que le preguntaron:

-¿Cuánto le ha costado el burro, tío Vivas?

-¡Cuando estéis todos juntos os lo diré!, contestaba él.

-¡Qué ocurrencias tiene este hombre!, comentaban unos con otros y se echaban a reir.

El día transcurrió, y ya nadie pensaba en el tío Vivas. Cuando amaneció, empezaron de repente, alborotadas, a sonar las campanas.

¿Quién sería a esas horas?

El cura, enfadado, fue a casa del sacristán a ver si había sido él. Pero no. El sacristán estaba en la cama todavía. Como nadie se explicaba quién podría ser, creyeron que se trataba de un llamamiento de Dios. Corrieron asustados, llegando pronto a la iglesia y una vez allí, se sentaron todos. De pronto, una voz ronca y extraña, hizo eco en el silencio y preguntó:

-¿Estáis todos reunidos?

-Sí, señor divino.

-Pues catorce duros me costó el burro. 



EL GALLEGO

Esto era un gallego que, el hombre, no tenía una perra y se hizo con 200 reales. Así que se puso muy contento. Pero, para no llevar tanto dinero consigo decidió meter los 200 reales en el hueco de un nogal de manera que nadie pudiera verlos. Pero estaba tan contento que después de haberlos escondido salió por la calle cantando:

Doscientos reales tengo
en el hueco de un nogal.
Doscientos reales tengo
en el hueco de un nogal.

Otro gallego que le escuchó la canción, fue mirando los nogales que estaban huecos hasta dar con los reales, que se los quitó.

Cuando el otro descubrió que le había quitado los reales salió de nuevo cantando:

Doscientos reales tengo
en el hueco de un nogal,
doscientos reales tengo
y más que voy a echar:

El que los había robado al escucharle dejó los doscientos primeros reales en su sitio a fin de coger los que llevara después, pues era muy codicioso. Entonces el primero, pudo recuperar sus doscientos; y cuando ya los tuvo salió de nuevo cantando con ellos en la mano:

Tú que lo cogiste
fuiste un bobo,
porque por lo mucho
lo perdiste todo.


EL CURA DE LASTRAS

El cura de Lastras era muy exagerado. Un día que salió a pasear por el campo de la zona de la Venta de Tres Cantos vino diciendo que había visto muchos lobos.

-¿Muchos? -le preguntaron con extrañeza.

-Por lo menos una manada de once lobos.

-Hombre, señor cura, que once lobos son muchos.

-Bueno, pues, al menos tres o cuatro sí que iban.

-Mire señor cura que es raro ver tres o cuatro lobos juntos.

-Buenos, pues al menos un lobo sí que he visto.

-Por la Venta de Tres Cantos...es muy raro.

-Bueno, pues no sé si era lobo o loba o el cantón de Casasola.


EL CURA Y SU MADRE

Una madre que tenía un hijo cura a base de mucho sacrificio económico estaba muy señorona el día de la primera misa. Pero el hijo se aturrullaba y no daba pie con bola. Decía: «Porque San Juan le dijo a la Virgen y la Virgen le dijo a San Juan, y San Juan le dijo a la Virgen», y de ahí no salía.  

En esto saltó uno del fondo:
- ¿Qué fue lo que le dijo?. 
Y la madre se volvió respondona: 
- Mira, quien quiera saberlo, que se gaste los dineros y haga un hijo cura como he hecho yo. 



LA VIRGEN Y EL NIÑO

Hacían obras en la Iglesia y como la imagen del Niño tenía los dedos deteriorados aprovecharon para llevarla a un taller a reparar. Dos mujeres que no sabían lo de la reparación de la imagen, rezaban arrodilladas; una levantó la cabeza y al darse cuenta de que la Virgen estaba sola, preguntó a la otra:

- Oye, Catalina, ¿y el Niño? Y ésta que creía que le preguntaba por su hijo, contestó:

- El niño se fue voluntario a Madrid.


LA GALLINA DEL CURA

El cura del pueblo era un sibarita para las cosas de comer y tenía una criada muy diligente. Le regalaron una gallina y como el cura exigía que se la pusiera de tal o cual manera y se enfadaba mucho si no era así, la criada se vio ese día con la gallina pero sin saber cómo cocinarla. Entonces fue a la iglesia cuando el cura estaba dando misa y ella le dijo al sacristán:

- Vicente, mira lo que me pasa, que don Antonio no me ha dicho cómo quiere la gallina y luego me va a formar un lío cuando llegue y no le guste.

Y dijo el sacristán:

- Eso te lo arreglo yo

-y se volvió hacia donde estaba el cura y le cantó:

Aquí está la criada vostra
que cómo guisa la gallinostra.!

El cura cogió onda y respondió en el mismo tono: Con ajorum, tomatorum, pimentorum, per omnia saecula saeculorum.

Y dijeron los fieles a coro: «¡Amén!».

EL NIÑO MUERTO.

Se murió un niño cuyo fin se esperaba desde muy atrás. Y fuera por ello o por lo poco expresiva que era la familia, no se lloró como de costumbre, a gritos. El cura, al sentir el silencio y el poco ambiente tristón, dijo enfadado:

- ¿Dónde está ese berraqueo? ¿Es que el niño era del Hospicio?


EL MATRIMONIO Y EL VINO

Este era un matrimonio sin hijos que le tenían mucha afición al vino. Pero como consecuencia de la bebida se daban una zurras muy grandes y tanto se peleaban que un día decidieron ir a ver al juez para solicitar el divorcio.

-Pero hombre, con lo que os queríais vosotros ¿cómo os vais a divorciar? -les preguntó el juez.

Y el marido dijo:

-Es que todas las noches, antes de acostarnos vamos a la taberna a comprar dos botellas de vino que dejamos debajo la cama, una para cada uno, pero el primero que se levanta se bebe las dos botellas y luego vienen las zurras; unas veces yo la pego a ella y otras veces ella me pega a mí.

El juez convino con el matrimonio que antes de divorciarse pasaran una temporada sin mentar el vino para nada, ni nombrarle siquiera para así evitar disputas. El matrimonio aceptó. Pasaban los días y allí no se hablaba nunca de vino hasta que una semana más tarde en que puso la mujer sardinas para la cena que estaban muy saladas y según daban cuenta de las sardinas dijo él:

-Oye, qué bueno estaría ésto con aquello.

-Pues coge la botella y vete por ello -contestó la mujer.

Y así sin nombrar al vino pudieron beberlo aquella noche.


EL MARRANO DEL SACRISTAN

Esto era  un sacristán que vivía en Aldealázaro, un pueblo muy pequeño de la Sierra de Ayllón. Durante las matanzas la gente acostumbraba a llevar a cada uno de los vecinos un poco del cerdo como regalo. Pero el sacristán, el hombre, nunca mataba cerdos, porque como era tan pobre, no le alcanzaba su economía. Así que todos los años probaba los marranos que mataban sus vecinos, pero él no tenía ocasión de dar a probar el suyo.

Un año, a base de mucho sacrificio y juntando todos sus ahorros, el sacristán pudo matar un cerdo pequeño, muy pequeño. Y claro, el día de la matanza se veía en la obligación de corresponder con los vecinos y llevarles un regalo. Pero como el cerdo que había comprado era tan pequeño, pensó que si entregaba un poco a cada uno, él se quedaba sin nada. Con esas dudas, decidió ir a consultar con el cura su problema.

-Nada, nada -le dijo el cura- tú di que te lo han robado y así te evitas tener que repartir y te lo comes tú solo.

Le pareció bien al sacristán el consejo que le dio el cura. Y así lo hizo. Mató el cochino y, durante la noche, aprovechando que estaba el marrano colgado en la portada, entró el cura con mucho sigilo y le robó el marrano al sacristán. A la mañana siguiente, cuando el sacristán se levantó y ve que no está el marrano en la portada, salió a la calle dando gritos, descompuesto, alarmando a los vecinos.

-¡Que me han robado el marrano! ¡Que me han robado el marrano!

El cura, cuando lo oye sale a la puerta y le dice al sacristán por lo bajo, en tono de complicidad:

-Muy bien, muy bien, así se dice. Sigue así, que todos se van a creer que te lo han robado de verdad.


EL CONVENTO DEL ESTANQUE

Esto era un convento de frailes amantes del buen comer y del buen beber. Se daban grandes banquetes de carne de marrano pues cada ocho o diez días mataban uno. El prior lo consentía todo, pero cuando llegaba la cuaresma se ponía estricto y no permitía que se saltasen las normas religiosas. Y decía a los frailes:

-Ha llegado la hora del sacrificio. Ahora verduras y pescados.

Y allí estaban todos a base de verduras y pescados, mirando con mucha ansia a los marranos regordetes que bullían por las pocilgas.

Y ya, mediada la cuaresma, como estaban muy cansados de tanta abstinencia de carne, agarran dos frailes a un cochino por las patas y lo echan al estanque. Al oir los gruñidos el prior, que estaba en su celda, se asomó a la ventana y vio cómo uno de los frailes tiraba la caña al estanque y pescaba el cerdo.

El fraile, al ver al prior en la ventana, le preguntó:

-Padre prior, padre prior, ¿qué hacemos con este pez?

Y dijo el prior:

-Lo que la regla dispone: a la cocina con él.

Desde ese año todos los frailes de la orden querían pasar las penitencias de la cuaresma, en el convento del estanque.

Primavera en Vellosillo


Tras varias semanas lloviendo, cási de forma continua, el aspecto que ofrece nuestro pueblo es espectacular.









El Tuerto Pirón


"El Tuerto Pirón" fue un bandolero que cometió sus fechorías en la provincia de Segovia. Fernando Delgado Sanz, nació en el pueblo de Santo Domingo del Pirón, cerca de Turégano, en 1846, de una familia de labradores..

Fernando Delgado. "El Tuerto Pirón"

«Era Fernando Delgado / un arriscante mancebo, /
al que una nube en el ojo / le valió el mote de 'El Tuerto'./ 
segar y arar le mataba / le aburría el pastoreo,/
y mientras otros el callo / daban, domando su cuerpo, /
él estaba en las solanas / como un pajón de centeno. /
Era doctor en caminos / en rondas y devaneos, /
amigo de las lechuzas, / de las sombras y los perros, /
farruco como el que más / y larguísimo de dedos"

'El Tuerto' actuaba en la comarca del río Pirón. Rio paralelo al Duratón y al Cega . Se escondía en la sierra de Guadarrama, viviendo del asalto de carruajes y diligencias que cruzaban el puerto y de desvalijar iglesias. Tras su servicio militar en Madrid se introdujo en el mundo de la delincuencia. Formó una pequeña banda, armada con escopetas y navajas, que extendió el terror por un centenar de pueblos de las dos vertientes de la sierra.

Rio Pirón
El bandido formó una pequeña partida con hombres de Espirdo, Segovia y Madrid, y juntos impusieron su ley entre los pueblos de Espirdo a Pedraza. Y también en el Valle del Lozoya. Asaltaban a los viajeros que regresaban de Madrid por Navafría y la Morcuera. Entre 1868 y 1875, en una época de vacio de poder en España, los secuaces del ‘Tuerto’ camparon a sus anchas amedrentando a las gentes pacíficas, que en ocasiones daban cobertura a sus fechorías por miedo a posibles represalias.

Asalto a la diligencia
Las andanzas del ‘Tuerto’ fueron muchas. Quizá la más romántica sea la del niño de Sotosalbos que caminaba a lomos de un burro en dirección al molino . El ‘Tuerto’ detuvo al chiquillo y le preguntó por qué andaba por ahí a una hora tan temprana.

–«Es que no quiero que me sorprenda el ‘Tuerto de Pirón’. Dicen que puede robarme el grano y el burro» –respondió temeroso.
Entonces, el ‘Tuerto’ extrajo dos monedas de oro que entregó al rapaz.
–«Toma. Así no podrás temer que el ‘Tuerto’ pueda robarte porque el ‘Tuerto’ soy yo». 

Los gestos de Fernando Delgado no siempre fueron tan generosos. Él y sus hombres cometieron muchas fechorías, desvalijaron numerosas iglesias y se cebaron con los curas indefensos y pobres de las aldeas. Adrada de Pirón, Tenzuela o Trescasas presenciaron golpes muy sonados, algunos ejecutados con verdadera maestría. Sin embargo, el expediente del ‘Tuerto’ solo revela un homicidio, el de un miembro de su banda llamado "el Madrileño" del que sospechaba


la emboscada
El bandolero llegó a convertirse en una auténtica amenaza en ambas vertientes de la sierra, pero a pesar de su habilidad, la Guardia Civil le detuvo, fue encarcelado en la prisión de Segovia en diciembre de 1881. Consiguió fugarse la noche del 31 de enero de 1882, limando los barrotes y saliendo por el tejado, junto a uno de los suyos, Aquilino Pérez. 

El periodismo describió con precisión el aspecto del forajido más buscado: «Edad, 35 años; estatura, más bien alto que bajo; ancho y cargado de espaldas; cara, ancha; color, moreno; barba afeitada; con un poco de bigote. Como seña particular, un granizo en el ojo izquierdo. ».

Detencion del Bandolero por la Guardia Civil


Meses después, el ‘Tuerto’ fué detenido, volvió a la cárcel y protagonizó otra fuga de la misma prisión, situada en la calle Juan Bravo. Era una noche de invierno. En esta ocasión, las huellas quedaron impresas en la nieve y la Guardia Civil de Caballería logró cogerle en pleno campo. Corría el año 1883.

La justicia, aunque lenta, comenzó a emitir sus veredictos y Fernando Delgado Sanz fue acusado de múltiples delitos. Denuncias, atestados, requerimientos, oficios, declaraciones… Cansado y rendido, ya no intentó huida alguna. 

En 1888, la Audiencia de Madrid lo condenó a cadena perpetua y pasó por varios penales: la Modelo madrileña, Ceuta y San Miguel de los Reyes (Valencia). Como anhelaba la libertad, siempre observó buena conducta, pero el indulto no llegó. Murió en 1914, entre rejas, enfermo de claustrofobia y completamente amargado. Tenía 68 años. 

Fue un bandolero conocido y sus fechorías se divulgaban en los periódicos de Madrid, Sin embargo, en su época los bandoleros ya no eran lo que fueron:

bandolero andaluz
Las grandes partidas de bandoleros se crearon en la Guerra de la Independencia. Despues de saquear a los franceses de forma “legal” como guerrilleros,  los bandoleros continuaron viviendo en las sierras, dedicados al contrabando al robo y al crimen. 

El reinado de Fernando VII favorecío que surgieran, cuando el ejército regular fue prácicamente disuelto y sustituido por los Cien Mil Hijos de San Luis, franceses, pagados por el monarca, que no se fiaba de su propio ejército.. Benito Pérez Galdós escribió que "sólo un gramo más de moral" servía para distinguir a un guerrillero de un bandolero. 

contrabandistas
Fue la época de bandoleros como Juan Delgado, Los Siete niños de Écija, especializados en asaltar cortijos; Diego Padilla, más conocido como Juan Palomo, Jaime el Barbudo, José María Hinojosa, "el Tempranillo".

José Ulloa El Tragabuches
 Diego Padilla "Juan Palomo"

Muchas partidas tras las Guerras Carlistas igualmente se convirtieron en bandoleros como Francisco Esteban; el madrileño Luis Candelas, Diego Corrientes, el Cristo, el Tragabuches, El Pernales, el Cojo de Encinas Reales, Navarro el de Lucena, Caparota el de Doña Mencía, Pepe San Nicolás en la provincia de Cuenca, Orejita, Palillos, el Ciervo, Melgares, el Niño de Arahal, etc .. 

Francisco Rios González "El Pernales"


En 1844, se creó la Guardia Civil, y se mantuvo durante cuarenta años una persecución implacable contra los bandoleros, de modo que a finales de siglo prácticamente habían desaparecido, la mayoría murieron en enfrentamientos o ajusticiados. 



pidiendo la documentación

El que es considerado como el último bandolero, "Pasos Largos" murió el 18 de marzo de
1934

Juan Mingolla Gallardo "Pasos Largos" fotografiado en la cárcel en 1.925


Imágenes de Vellosillo. Semana Santa


Tras la larga sequía de los meses de invierno, en Semana Santa llegó la lluvia y la nieve












La hoz olvidada

«Un campo de altas espigas iban cortando los segadores, relucientes en sus manos las afiladas hoces; a lo largo del surco quedaban los manojos, tres hombres los recibían de manos de niños que se los alcanzaban sin cesar para formar gavillas..» La Iliada. Homero. s. VIII a. de C.





«Para que una cosecha sea de calidad, los granos han de ser separados de las espigas en la era, lo  que se hace con una yunta de mulos y un trillo. Éste se fabrica con una tabla de madera con la cara inferior armada con piedras o trozos de hierro cortantes  que, con un arriero puesto encima o un contrapeso grande, es arrastrado por los mulos y separa así los granos de la espiga».   Marco Terencio Varron. Hispania.Siglo I.


Al lado del camino hay una cosechadora. Ya no se espiga, ya no se siega, ya no se abielda. Viene una máquina y en un par de horas realiza la labor que cuando yo era niño costaban tres meses de sudores casi desde San Pedro cuando eran ajustados los gallegos y los agosteros, hasta San Miguel. El maquinista se sienta dentro de una cabina con aire acondicionado. Le digo buenos días pero no me oye. Está escuchando a Herrera en la Onda. Los labriegos se han vuelto muy señoritos. Ya no hay que levantarse a las tres de la mañana para ir a arrancar yeros, ni clavarse las espinas de los cardos ni ponerse en la mano izquierda la zoqueta contra las cortaduras de la hoz. Ya digo, en una mañana se avía. La máquina carga los costales automáticamente y para el silo…” .A.P. Galindo. s. XXI

Segadores
A mediados del s. XX en el pueblo, se empezaba a segar, más o menos dias antes  de San Pedro. (29 de Junio). Primero la cebada luego el trigo y el centeno y finalmente la avena. Empezaba el trabajo más duro del año.


El que no podía hacerlo solo,  contrataba criados o agosteros. Los agosteros venidos de fuera se alojaban en casa de los amos en la cuadra o el pajar. Vestían ropa dura y desgastada: pantalones azules de algodón, o negros de pana, camisa de manga larga de algodón también, un pañuelo anudado al cuello, un gran sombrero de paja para protegerse del duro sol y los pies cubiertos con peales de lona y abarcas a veces hechas de neumáticos . Al hombro, en una alforja llevaban sus herramientas. Se segaba durante un mes de sol a sol.

La cuadrilla de segadores avanzaban encorvados de forma escalonada por la tierra, rítmicamente, cada uno llevando tres surcos, cuando uno tocaba la espalda del de delante con la mies era señal que no llevaba el ritmo de los demás.

Protecciones del segador

En la mano derecha empuñaban la hoz afilada con el esmeril. Un manguito de cuero atado con cuerdas o de lona protegía el antebrazo derecho del roce de la mies,. En la mano izquierda (si no era zurdo) se colocaban la zoqueta de madera atada a la muñeca  y, algunos, la dedileta, hecha de badana, cubriendo el índice, el más desprotegido de los cinco dedos.

Atando los haces

Los golpes de la hoz se daban a ras de suelo para conseguir la mayor cantidad de paja. Se iban haciendo gavillas, que eran un brazado del cereal, y con tres gavillas se hacía un haz que se ataba fuertemente con los vencejos. Con los haces se hacían pequeñas cinas o hazcales que se dejaban en la tierra hasta que se iba a acarrear.

“… qualquiere que sera hallado espigando entre hazcales, sin que esté presente el dueño tenga de pena cinco sueldos divididera entre partes la una para el Concejo, la otra para los Guardas y la tercera para el dueño de la heredad y hallándola el dueño tenga las dos partes..” Ordinaciones de Villalba 1.656



Haciendo vencejos para atar loa haces

Los vencejos para atar los haces de mies se elaboraban para cada día de siega, eran de paja de centeno, cereal que crece alto y fuerte. segado y desgranado del año anterior y guardado en el pajar. Para hacer los vencejos primero se humedecía el centeno en el pilón, después se cogían dos finos manojos y se ataban por debajo de la espiga. Los segadores los llevaban a la tierra en paquetes.


Segadora tirada por machos

Se llegó a utilizar a veces una segadora o segadora-atadora, tirada por machos con un ancho de corte de 1,80 m. como la segadora italiana Laverda de 1938. La maquina desperdiciaba bastante paja y grano.

Iba toda la familia a segar: lo mismo iban los hombres que los chicos, y también las mujeres. Si la mujer se quedaba en casa, se solía venir a comer al pueblo; y si iba a segar, se llevaba la comida al campo y se comía allí. Pero generalmente eran las abuelas las que se quedaban en casa y hacían la comida y cuidaban los chicos de toda la familia, es decir, de todos los nietos que tuvieran. A veces alguna abuela se quedaba al cuidado de 12 o 15 chicos pequeños. Si no se podía, se contrataba una chica mayor de niñera.

llevando la comida a las tierras






Las mozas se tapaban la cara y el cuello con pañuelos para protegerse del sol y mantener la piel blanca, dejando a veces solo los ojos al descubierto.

Mientras se segaba, no se guardaban los domingos. Los domingos  procuraban trabajar en las tierras más cercanas al pueblo, para que, cuando sonaran las campanas, les diera tiempo a llegar a misa. El cansancio se iba acumulando y los días festivos como Santiago (25 de Julio),  era bien aprovechados para dormir y descansar.

Había que cosechar rápidamente, porque si caía un nublado podía perderse todo. Cuando había nublado el cielo se oscurecía, los truenos y relámpagos restallaban  como explosiones justo encima del pueblo,  caían mares de agua y muchas veces pedrisco. Preocupados,  se acordaban de Santa Bárbara

”.. “Santa Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita.
En el ara de la Cruz,
Pater noster, amén Jesús”

A segar se iba muy pronto, a veces a las cinco o las seis de la mañana, En las alforjas se llevaba la comida y una bota o una botija de agua. La botija era como un cantarito pequeño, con una boca estrecha y un asa. La boca se tapaba con un corcho. Mantenía el agua fresca. Se descansaba una hora para almorzar sobre las nueve. Luego se comía el cocido a la una del mediodía y se echaba algo de siesta en la tierra. También se merendaba- cenaba alli. Había que comer abundantemente. Se acababa cuando ya no se veía.

Si alguno caía malo, iban a segar sus tierras otros vecinos, una vez que habían acabado las suyas. 

Acarreando los haces de las tierras a la era.
Cuando se acababa la siega, se empezaba a acarrear y se traían los haces a la era con los carros. Podía traerse en pequeñas cargas de 8 o 10 haces en un macho, pero en general se  usaba el carro de dos varas. Se le ponía unas largas estacas acabadas en punta a los lados de la caja y se uncían cuatro machos. Los haces formaban un paquete muy voluminoso encima del carro y se ataban con sogas. Alguna vez los carros volcaron en los malos caminos. El trabajo de acarrear aunque más corto era más duro que segar y cuando se volvía de vacío a la tierra muchos se dormían con el traqueteo del carro.

Se barría la era y se preparaba para cuando se trajeran los haces. Los haces se descargaban del carro y se echaban al suelo. Luego se hacía la hacina o cina . La cina se formaba toda la era adelante, se ponían unos haces encima de otros. Una cina por cada clase de grano: una para el trigo, otra para la cebada, otra para la avena y otra para el centeno.

Cina de mies en la era
Había mucho peligro de incendio, sobre todo cuando todas las eras estaban en el centro del pueblo, unas pegadas a otras. Sin embargo nunca llegó a pasar nada. Después, cuando las eras estaban ya alrededor del pueblo, una noche se incendió la de Zacarías. También hubo algún incendio de mies en las tierras. Se tocaban las campanas  y todos los vecinos acudían para apagarlo, también de pueblos vecinos

Por la mañana, de nueve a diez, se echaba la parva en la era. Se tiraban  los haces de la cina. Generalmente se empleaban en la parva unos ciento veinte o ciento cuarenta haces. Después se desataban o desbalagaban y se extendían con una horca de dos o cuatro dedos. La parva quedaba de medio metro de espesor. Mientras tanto, los machos iban comiendo de la mies, o sea, que almorzaban. Seguidamente se enganchaban los machos al trillo. La parva debía estar bien oreada y seca para poder trillar.

Extendiendo la parva en la era para trillar
El trillo era de madera de pino negral, de metro y medio de largo por metro treinta de ancho, aunque los había también un poco más grandes y un poco más pequeños. Llevaban los trillos por debajo lascas de pedernal clavadas en la madera y, más tarde, también se añadieron unas sierras a lo largo.

Los trillos se hacían en Cantalejo. Allí a mediados de los 50, había 400 talleres (más de la mitad de la población), los “chifleros” fabricaban 30.000 trillos al año y los vendían en toda España.

Cantalejo. clavando las piezas de silex en el trillo.
Se enganchaban los machos al trillo y se sentaba uno encima con una silla (un siento), como si fuera un trineo dando vueltas por la parva. Era un trabajo aburrido y cansino, Trillaban igual los hombres que las mujeres, y también lo hacían los niños. El que trillaba llevaba una tralla, una vara con una tira larga de un material parecido al caucho atado al extremo, que funcionaba como un látigo, para arrear al macho.

A veces arrollaba el trillo. Esto era cuando cogía la paja entre las piedras de la era y las sierras del trillo o que la parva esta húmeda y lo iba empujando todo por delante. Entonces había que ponerse de pie sobre la punta del trillo para pasar por encima. También había que estar atento al macho que a veces le daba por cagarse (con perdón). Entonces se cogía una lata grande que se tenía a mano y se ponía debajo para recogerlo y que no cayera a la parva.

Niños trillando

Algunos se dormían en el trillo, entonces los machos daban vueltas y más vueltas por el mismo sitio y no se trillaba lo demás de la parva, los machos se podían salir de la era con trillo y todo.

Cada hora y media se solía tornar la parva con las horcas, pues, al ahuecarla, el trillo molía más y mejor. Por la tarde se colocaban unas volvederas en el trillo. Eran unas barras de hierro curvadas y acopladas a unos enganches que llevaba el trillo en la parte de atrás. Las volvederas llevaban una ruedecilla en la parte de abajo con el fin de que no se rayase la era. Aquellos que no tenían volvederas, lo hacían con unas palas de madera.

A la era se llevaba la botija y el porrón. Se almorzaba allí y se echaba un trago de agua o de vino de cuando en cuando. Para almorzar se llevaba a veces un poco de cebolla y pan, o un torrenillo.  Y para la merienda se comía cebolla, pimiento y pepino, es decir, de lo que daban los huertos. El que no tenía, los compraba; entonces se compraban por docenas los pimientos y los pepinos; y las cebollas por horcas.

agua fresca en la era

Mientras se estaba trillando, se comía en casa, porque tenían que descansar los animales.

porrón de vino

Al ponerse el sol, o cuando estaba molida la parva, se amontonaba con la rastra. La rastra era un tablón de tres metros acoplado a un timón del  que tiraba el macho. Encima de la rastra se colocaban de pie dos o tres personas para hacer peso y empujar la parva. Otras personas iban detrás con rastros, rastrillos y escobones de ramas, hasta que la era quedaba bien limpia y la parva amontonada en el centro.

La rastra. para amontonar la parva trillada.

El rastro era una tabla de unos cuarenta o cincuenta centímetros de ancha por veinte de alta, con un agujero en el medio para colocar un mango de metro y medio de largo.

La parva se amontonaba todo lo mejor posible para que, si llovía, no se calase el grano. El montón se quedaba en la era y no lo cuidaba nadie por la noche.

Terminadas de trillar las mieses, había que separar el grano de la paja.. El viento “bajero” y “solano” era aprovechado para la bielda. El labrador se colocaba del lado del viento, con el bieldo lanzaba la mies a lo alto; las pajas eran arrastradas por el viento, quedando el grano a los pies del abeldador.

abeldando manualmente con el viento

 A continuación se limpiaba el grano, cribándolo, Las cribas eran un aro de madera de chopo con un cedazo metalico o de piel (de macho o de burro) perforada con agujeros según el tipo de grano. Las cribas las fabricaban los “briqueros” de Cantalejo.

Cantalejo. briquero haciendo cribas de piel.

Más tarde, a principios de los años 50, casi todos emplearon la máquina abeldadora.  La máquina era un artefacto de madera y chapa de colores vivos, con ruedas metálicas que se quitaban en la era para trabajar. Los niños metían un palo en el agujero de la rueda y corrían agachados por toda la era, como si fueran en moto.

La abeldadora (beldadora) llevaba un gran ventilador delante con una tolva en el centro donde se echaba lo trillado y una serie de cribas que vibraban por la parte de atrás. Todo lo movía una persona con una manivela. El trigo limpio salía por delante, la paja por detrás impulsada por el ventilador y las granzas por un lado. Estas máquinas se fabricaban sobre todo en dos pueblos de Valladolid y también en Cantalejo  (en los talleres de Antolín San Cristobal y Francisco Lobato).

Moviendo la manivela de la abeldadora

Para abeldar se necesitaba  uno con la bielda echando mies trillada a la tolva, otro moviendo la manivela (que era el más fuerte, no podía estar más de media hora y se turnaba con el de la bielda), El trabajo de retirar la paja, el grano y las granzas era más ligero, lo podían  hacer los chicos. El tamo (el polvo que hay en la caña de la paja o en la cáscara del grano) lo invadía todo,  picaba por todo el cuerpo y atascaba la nariz y la garganta, sobre todo el de cebada.

 echando a la tolva de la abeldadora con la bielda.
nubes de tamo.

Más tarde, en los años 60, se empezó a usar el motor “Campeón”, de gasolina, que iba atornillado encima de la abeldadora y con unas poleas sustituía la manivela. El traqueteo de los motores y las nubes de tamo invadían el pueblo, también por la noche.

abeldadando. máquina con manivela.

Abeldando. máquina con motor de gasolina. 

Durante el tiempo que se abeldaba, los mozos y los perros solían dormir en la era cuidando del grano.

Al final el montón de trigo resultante era medido con la media y ensacado en sacos de dos fanegas (unos 85 Kg). De la era se llevaba a la casa en el carro y se subía al sobrado por la escalera. Y luego, para irlo a vender, había bajar otra vez los sacos del sobrado y cargarlos en los carros. Había contracturas y otras lesiones para lo cual se daban friegas, muy dolorosas. Si el caso era grave también se podía ir al curandero de Navalmanzano a varias horas en burra, o peor aún, al médico de Sepúlveda, que al parecer cobraba según quedaras…(eso dicen..).

 

La faena de guardar la paja de la era era menos vistosa y sucia pero tan necesaria como las demás, porque llenar bien los pajares era tener garantizado el alimento del ganado y combustible barato para pasar el invierno.

 

Para llevar la paja había quien ponía unas redes en el carro: una red adelante y otra atrás. Estas redes hacían como una especie de bolsas y así se podía llevar más paja a un mismo tiempo. Se llenaban los carros de paja y se descargaban al lado del pajar. En el pajar había una "boquera" alta y se metía por allí la paja con los bieldos.

atascando el pajar.

Las granzas  eran un conjunto de piedrezuelas, semillas diversas, pajas más pesadas, cozuelos, espigas sin desgranar, etc. A veces, como en aquel conjunto aparecían muchas espigas sin desgranar, se trillaba otra vez (trillar las granzas) para obtener el grano. Las granzas solían reservarse para las gallinas.

El trabajo de cosechar desde segar hasta guardar el trigo y la paja duraba desde San Pedro hasta mediados de Septiembre, o sea unos dos meses y medio. Era un tiempo que se trabajaba a contra reloj y en el que sobre todo las mujeres, lo hacían a la vez que el resto de las tareas normales: limpiar, lavar, la comida, los niños, el ganado, la huerta, etc.
Los niños en verano llevaban las vacas a pastar a los prados por la tarde (Encerradilla, Arroyar, Espinar, Prajones, Prautero...según), Un grupo de niños de entre 8 a 12 años salían por la tarde con la bolsa de la merienda y una vara, llevaban unas 15 vacas y mientras jugaban, cuidaban de que las vacas no se metieran en los trigos, a veces se les olvidaba .  Se volvía al anochecer y cada vaca se iba sola a su establo correspondiente.


Los primeros tractores (con el remolque, cultivadores y vertederas, sembradora, abonadora, herbicida y otros accesorios)  llegaron al pueblo sobre 1.968.  El que pervive todavía es el tractor de Miguel: Ebro Súper 55 , 3.600 c.c. de 55 CV, de 1964. Hubo otros más potentes como el Massey Ferguson-Ebro 165 de 61 CV de 1.972 y el “183”  de 1.973 de 72 CV. Tambien había algún John Deere 2020, Renault, Same etc..


Primeros tractores. en general llevaban cabina pero estaban abiertos por detrás.

Los primeros tractores tenían una potencia de menos de la mitad que los actuales, por lo que se tardaba mucho más en arar por ejemplo, tambien se estaba expuesto al clima y al polvo. Sin embargo facilitaron y aceleraron radicalmente el esfuerzo para la preparación de las tierras (arar, sembrar, abonar, echar el herbicida, tirar la basura,  etc.). ya que antes era todo a mano y a base de fuerza física del hombre y de los machos. 

Respecto a la cosecha los remolques mejoraron el acarreo de la mies desde la tierra a las eras, con mayor capacidad y seguridad. Se aprovechó también la toma de fuerza del tractor  para los trillos mecánicos fabricados en Cantalejo. Se eliminó la parva en algún caso.  La tolva del trillo mecánico se cargaba directamente con los haces y molía una cina entera en muy poco tiempo. A veces se trabajaba así  toda la noche con los focos del tractor.

tractor con pala y remolque. acarreando empacas de paja.
Esto supuso la desaparición de los machos, quedaba la burra, utilizada como utilitario para ir a la fuente, a la compra, o al médico, llevar el almuerzo a las tierras etc.


En un momento dado, a mediados de los 70 aparecieron las cosechadoras (El Toledano), al principio un poco rudimentarias, muchas averías, alguna ardió, los dientes se rompían con las piedras etc. Se pasaban mucho tiempo paradas en el pueblo haciéndose  reparaciones de urgencia.
Primeras cosechadoras.

De la noche a la mañana, todo cambió con las cosechadoras. Sólo había que ir a la tierra con el remolque a recoger el trigo limpio y después llevarlo a granel al punto de venta. El remolque lleno se pesaba en la báscula. El trigo se manejaba con el sinfín, no había ni que ensacarlo. El duro trabajo de dos meses y medio quedó reducido a unos días.

Recogida actual de la cosecha. Se trabaja en cabinas climatizadas.

La paja se dejaba en las tierras, pasaba una empacadora que dejaba el campo lleno de grandes paquetes de paja. Algunos los recogían con brazos mecánicos acoplados al tractor y hacían cinas de paja para su uso. Después ya ni eso. Venía un camión se cargaba en las tierras y se lo llevaba a Andalucía.

A muchos que todavía viven les afectó este cambio, de los  más rápidos y radicales que se ha producido nunca en una actividad. En poco más de 10 años (1.965-1975), desapareció el proceso tradicional que marcaba la  existencia de los labradores desde hacía más de 2.000 años. Estos, sin embargo, mantuvieron su mentalidad de economía y esfuerzo, lo que habían vivido siempre, por lo que ante la nueva situación, rápidamente se debieron de plantear alternativas antes inalcanzables.

Y así, los pocos agricultores que vivían todavía en el pueblo a finales de los 70 (que solían encargarse también de las tierras de sus hermanos o familia ya emigrada.),  dejaron el ganado o las huertas, cerraron la casa y se fueron también a establecerse y trabajar en la ciudad.
Algunos siguieron cultivando y cosechando sus tierras  en vacaciones o los días libres. Otros, ya jubilados, volvían tranquilamente en su coche con buen tiempo, para darse una vuelta, juntarse con la familia y recordar los lugares y los días de juventud, arreglar la vieja casa o plantar árboles. El pueblo en invierno quedó vacío.
cosechadoras actuales.

Con el tiempo, las cosechadoras,  tractores y accesorios han aumentado mucho la potencia, comodidad y capacidad, La mayoría de las nuevas generaciones  del pueblo han abandonado la agricultura. Y  hoy, un pequeño número de personas residentes en la zona  cultiva  extensas aéreas que a veces abarcan varios términos, normalmente en arrendamiento, lo cual es la única manera de amortizar la nueva maquinaria.